DE ESTAMPITAS Y VELAS DERRETIDAS.
Conozco niños casi adolescentes que con 12 o 13 años, están viviendo este momento, conozco adultos de la vida, pero niños del fútbol, que con 50 casi, están viviendo este momento; parece que vislumbro borrosamente en mi delirio las velas ahogadas, sin luz, sin fuego, sin vida en los improvisados altares llenos de promesas, que al final, jamás se cumplirán, al menos por el propósito original, se deberán renovar, o quizás sean las mismas, las promesas digo; pero el objetivo lo cambia todo radicalmente; porque no hace mucho, ese objetivo era impensable, era inaudito, era tan lejano como cercana se presenta esta horrorosamente futbolística situación…
¿Quién tiene la culpa? – ustedes creen que a ese casi adolescente le interesa, él no va a dejar de creer en lo que cree, él no va a dejar influenciarse por las idioteces de los oportunistas mediocres que lo intenten convencer de su presunto error, de haberse hecho hincha de ese equipo; al contrario, él reforzara su amor y empezará a creer más en esos improvisados altares, esas incondicionales y escondidas estampitas de vírgenes y santos, que nada tienen que ver con esta situación, pero a la que recurrimos incansablemente cual si fueran los que al final de todo, cabecearan el centro, remataran la pelota, quitaran los balones a los malditos rivales que intentan derrotarnos. El llanto y la angustia ya no se esconden, se demuestran deliberadamente, quizás con el mero propósito de encontrar consuelo en el de al lado, al que jamás habíamos visto antes, del que nunca supimos el nombre y del que nunca vimos dos veces la misma cara, pero que sabemos comparte hoy la misma desesperación y angustia; estamos en la cancha, andamos por la calle, todo nos da igual; hoy, realmente todo nos da igual; si hoy nos dicen que mañana se acaba el mundo, sacaríamos la estampita que escondemos celosamente en el bolsillo y le rogaríamos que hubiese sido ayer, cuando esta detestable situación no había ocurrido, a pesar de haber sido casi inevitable.
Entonces, el llanto de los que ayer estaban en la cancha, de los que llenaron los pasillos de sus casas de velas apagadas al final sin cumplir su propósito, los que prometieron cosas a las que les tendrán que cambiar el objetivo; incrementan de repente y de manera inconsciente el amor y su incondicionalidad por ser de quien son, por querer los colores que quieren, por seguir el escudo que siguen; y se preguntan sin cesar por qué razón, la razón, valga la redundancia, no los detiene, porqué el corazón los obliga a seguir sintiendo lo que sienten o incluso los obliga a ser más hinchas que antes, a creer más que antes, y entonces uno intenta buscar la explicación a todo esto y se da cuenta que a pesar de las personas, están los sentimientos, está la pasión, está la satisfacción incontenible de saber que cuando uno nació, ya era así, que no sabe otra cosa, que no conoce más que esto, que siente que la sangre y los colores de su equipo vinieron con él desde la cuna y es ahí donde todo se explica, donde todo el sinsentido encuentra el sentido, donde toda la sinrazón se vuelve lógica.
Al hincha de Independiente, pero especialmente a aquellos que conozco, que creen que este deporte a pesar del negocio en el que se ha convertido, lloraron por sus equipos, en la victoria y en la derrota, eso no lo compran los billetes, eso lo vende el corazón, pero por suerte… NO TIENE PRECIO.
CLEMENTE ERA PORTERO.
Clemente era portero, si, el arquero oficial del combinado barrial que todos los domingos jugaba el campeonato mercantil, y por el que nuestro querido amigo se desvivía en la organización, planchado de camisetas, lustrado de botines, reuniones de delegado y todas las engorrosas obligaciones que tiene un delegado de equipo que se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar y para el que sólo el domingo es el momento sublime de su ajetreada semana. En realidad su nombre verdadero era Juan Sánchez, pero le habían puesto Clemente, en alusión a un muñeco argentino muy famoso, hincha de fútbol, que contaba con la singular particularidad de que no tenía brazos, nuestro sacrificado amigo, se había ganado este mote una fría tarde en la cancha, jugando una semifinal de campeonato, inexplicablemente se le acalambraron los dos brazos, situación que provoco el desamparo de todos nosotros, pero ante nuestra desesperanza, se paró delante de nosotros y se negó rotundamente a salir del campo de juego, imaginen nuestros rostros; entonces aunque compungidos ante la situación de nuestro portero y ante la insistencia de este de que sus capacidades no disminuirían en absoluto, decidimos darle una oportunidad; y fue así que Clemente se erigió en la gran figura de aquel memorable encuentro, tuvo tres mano a mano en los que el 9 del equipo contrario, intento colarle el balón por la derecha, por la izquierda, por arriba; pero nuestro inexpugnable deportista utilizaba sus pies y cabeza para rechazar todas y cada una de aquellas malintencionadas pelotas dirigidas con venenosa dirección, le tiraron cuatro corners, obviamente bien cerca de la línea, pero este no hacía más que anticipar a los delanteros rivales con su interminable sentido de la ubicación, para despejar el inminente peligro con soberbios cabezazos; hasta que en el minuto 90 de partido cuando ganábamos 1 a 0, nos cobran un penal en contra; entonces el “piti”, que era la persona más cercana sentimentalmente a nuestro héroe, se le acercó, y susurrándole dulcemente con un tono pacífico y conciliador le dijo: ahora si Juan porque no lo dejas al cholo que entre a ver si puede hacer algo, el cholo era nuestro arquero suplente y a decir verdad, nunca supimos como atajaba en un partido, porque el mismo se encargaba de decirnos que no quería entrar, que así estaba bien, que él iba solamente para pasar un buen rato y hacer bulto; imagínense la situación.
EL ENGANCHE
Juan Román Riquelme
y a los herederos naturales
de ese precioso trono.
Les voy a hablar de una raza que posiblemente se encuentre en peligro de extinción, así parece ser que se encuentra esta casta de sutiles seres vivos, que se empeñan en interpretar artísticamente lo que la mayoría, ha terminado por asumir, como una mera instancia de competitividad y desarrollo físico, ponderándolo exclusivamente sobe el desarrollo mental y artístico que nos permite crecer y madurar como seres pensantes de este hermoso planeta; el mundo está hecho así, este es el camino que ha elegido el ser humano para seguir surcando los indiscriminados baches sociales y culturales que lo atormentan y de los que no puede escapar, una vez uno se haya insertado en el estúpido sistema de incomprensión e inmadurez mental. Ayer, vi uno de los últimos especímenes que se aferran al clavo ardiente del placer de hacer sentir a los demás el deseo del arte puro y distintivo, vi el ser que siente pasión por que sus semejantes, intenten no olvidar de donde nace todo esto, de que raíz creció durante más de un centenario, y esos similares que en el verde lo idolatran, saben que este es uno de los últimos, que lo que se aproxima es el Armagedón de la belleza, que verlo hoy nos acerca a las épocas en que sólo el interés de hacer feliz a mucha gente predominaba en nuestra raza… Entiendo que él lo sabe, e intenta hacer lo que está a su alcance para devolver el amor con las caricias de su empeine dorado, con sus movimientos de danza folklórica y pueblerina, de plebe olvidada, que ve en él, el exponente máximo de la belleza de un deporte, que está al borde del abismo y al que él, a pesar de quemarse con ese clavo ardiente que lleva en la palma de sus manos, ama y defiende como algo simple y perfecto, sencillo y sutil; incluso cuando intenta expresar lo que siente de la manera que menos natural le sale, o sea, delante de un micrófono, hace la misma pausa que suele deslizar sencillamente sobre el verde y se distingue, se diferencia, se divierte. Cuando sale al campo, sabe que si el equipo necesita ganar, él va a ser el responsable de generar la manera de llegar a la ansiada victoria, el hincha sabe de fútbol, siempre supo, desde que se inventó este hermoso deporte, por eso lo idolatra, lo admira; y espera que de él aflore esa magia que de a poco va quedando en la cuneta irremediable del olvido, que se pierde irreparablemente en las atléticas tardes que supone jugar un partido de fútbol, en las mataronianas y poco expresivas jugadas que los atletas-futbolistas intentan en vano hilvanar, para que el hincha se regocije en el fútbol moderno, pero, como dije antes… el hincha sabe de esto más que nadie, entiende que la especie que la magia ostenta, muere poco a poco; y él, como un rey sin heredero agonizando en su lecho de muerte, no sabe a quién dejar su trono, ya que nadie le inspira la confianza suficiente para mantener lo mágico del tiempo; entonces a su lado, los herederos mediocres se esmeran en cubrir aquel espacio magistral, saben que no están a la altura, y la plebe sabe que el rey que llegará, impondrá su tiranía y le someterá al hambre y la sed que aplicará el estilo moderno y carente de jugadas bonitas y toques sutiles, lo que nuestro otrora rey hacía cada instante, pensaran desamparados, o por lo menos lo intentaba, y no para ser mejor ni peor que nadie, él era y por suerte por ahora, es así, es naturaleza instintiva, la lleva grabada en su adn, sus piernas no pueden recibir órdenes de nadie más que su mágica cabeza. Sabe también que si el equipo va ganado, será el primero en ser señalado por los moderados y atormentados técnicos, que le impondrán su “rajatablica” orden de salir del campo para mantener el resultado, sin saber, que con él en el campo, el equipo se siente más seguro y protegido, tiene la pelota, se defiende con ella… Sabe que si está en el banco de suplentes y el equipo va perdiendo, al primero que el hincha pide cual salvavidas en medio del naufragio, es a él, y los rácanos técnicos atormentados por satisfacer a los resultadistas dirigentes, vuelcan en este espécimen toda la esperanza de ser salvados de su racanería y distracción futbolera inicial. Ayer vi jugar a unos de los pocos que quedan… de los que no cuidamos porque sabemos que está, hasta que ya no esté y nos preguntemos por qué no lo habremos cuidado un poco más…
FLORENTINO LORENZO VARELA
Florentino Lorenzo Varela era el octavo hermano de una numerosa familia del barrio Cantera, el más pobre de aquella ciudad; de pequeño solía ayudar a su madre en las tareas de la casa con la única intención de poder asistir al vecino estadio del Deportivo Sastre, para poder observar a aquellas estrellas que lo deleitaban mientras entrenaban para los grandes partidos del domingo. Entonces Florentino que para esa época tenía ocho años, una vez recibido el permiso de la madre, llegaba al quinto escalón de la tribuna de madera, se sentaba con la mirada fija en la pelota y soñaba con poder algún día formar parte de un equipo de fútbol, no le importaba de que manera, su sueño se limitaba a estar presente cada entrenamiento y respirar desde dentro aquel ambiente tan místico y apasionado que su padre siempre le decía que tenía el fútbol; su padre era un hombre trabajador, tosco y de pocas palabras, pero que si tenía que hablar de aquel deporte se expresaba como si un libro entero se abriese dentro de su rudo cuerpo y su imaginación se desplegaba ante su niño como las alas de un ave en vuelo, entonces Florentino pasaba horas delante de su padre escuchándolo contar las historias y los análisis de los partidos de su querido equipo, su padre siempre le decía: Te pusimos Florentino en honor a tu querido abuelo que en paz descanse y Lorenzo, en honor al mejor entrenador que tu padre ha conocido jamás y con el que compartes nada más y nada menos que la fecha de nacimiento; Juan Carlos Lorenzo, algún día, hijo mío, sabrás quien fue este hombre y entenderás porque te gusta tanto este hermoso deporte.
Ahora que el padre de Florentino se había ido con su abuelo, desde hacía unos meses, el niño se sentía triste y solo encontraba consuelo en las tardes de domingo en las que escuchaba en la vieja Spica (aparato de radio) a su querido Boca y se deleitaba cada entrenamiento en el vecino campo de Deportivo Sastre donde volaban sus deseos de formar parte algún día de un verdadero plantel.
Entonces siempre que podía acudía a ver a esos hombres que se desvivían en cada cruce o en cada disputa del balón, que mostraban sus carencias humanas más recónditas cuando intentaban engañar al contrario con amagues indescriptibles o se tiraban en el área como si hubieran sido fulminados por un rayo, cuando, en realidad, ni siquiera les habían pasado cerca de las piernas; pero que devolvían el ánimo al orgullo de los hombres cuando por su compañero dejaban el alma en cada situación; siempre se decía a sí mismo, que si algún día jugaba en un equipo, le gustaría ser delantero o como su padre quería, ser entrenador, aunque era un niño y los niños sabemos que siempre quieren ser delanteros, aunque nunca entrenadores, esto lo hacía aún más desconcertante de lo que era para su corta edad; pero Florentino era diferente a los niños de su edad, cuando veía el juego, a pesar de su niñez interpretaba sistemas tácticos de manera extraordinariamente fácil y los descifraba mejor casi que un adulto que entendiera el fútbol a tientas, y allí sentado en el quinto escalón del decadente estadio barrial, se pasaba las horas interpretando situaciones y descifrando códigos futboleros que sus amigos sólo veían como un entretenimiento y distracción y lo abandonaban a su suerte mientras jugaban debajo de los escalones. Los domingos en que no coincidía su amado equipo con el del barrio, ya que la radio era la única de la casa y no se movía de la ventana de la cocina, se acercaba al estadio con suficiente antelación para poder guardarse aquel preciado lugar del quinto escalón desde el que siempre apreciaba a ¨sus jugadores¨, como él los llamaba, iba solo, claro está, pues sus amigos, algunos de su edad y otros un poco más grandes, entendían el fútbol como una forma de divertirse en el parque y no como un espectáculo que se diferencie en mucho de tirar piedras con las hondas a los pájaros o tocar timbre a los vecinos y salir como rayos desperdigándose a los escondites y así fastidiar a los incrédulos que abrían las puertas de sus casas y refunfuñaban contra los pequeños; en cambio, cada domingo que podía nuestro niño se instalaba con su paquete de girasol en el quinto escalón de la tribuna y observaba atentamente los movimientos de aquellos hombres a los que apreciaba, incluido el entrenador al que no le quitaba ojo cada vez que salía del banco de los suplentes a dar indicaciones; en ocasiones, y previo pedido de ayuda a quien se sentara a su lado para que le guarde el asiento, Florentino se colaba por la zona de vestuarios y desde la ventana que daba a la parte trasera del estadio, escuchaba las charlas técnicas y a los jugadores cuando se arengaban antes de entrar en un partido, aquello lo excitaba a tal punto, que un día, sin poder frenar su ímpetu, grito junto a los jugadores con tantas fuerzas, que estos se dieron vuelta hacia la ventana, aunque ya nadie había allí. Entonces ya sentado en su privilegiado sitio, analizaba los movimientos con tanta claridad y destreza, que las personas que estaban a su lado, comúnmente personas de avanzada edad, se quedaban perplejos observando a aquel niño emitiendo opiniones que rozaban la perfección y no daban crédito a los análisis tan exactos y detallados del pequeño. Una vez, perdían por 1 a 0 y un hombre mayor que estaba a su lado, que ya lo había visto muchas veces, siempre en el mismo sitio, dijo en voz baja: - Así no vamos a ninguna parte - Hay que retrasar a Perez Dijo el niño sin inmutarse y sin dejar de observar los jugadores en el campo. - ¿cómo? Inquirió el hombre con una sorprendida e indisimulable expresión. - Lo que escuchó, si lo retrasa los laterales subirían con mayor libertad y podríamos jugar con tres en el fondo a pesar de que los dos laterales suban... Entonces aquel hombre, ante la objetividad de la respuesta y la fulminante comprobación de que el pequeño había dicho una verdad como la copa de un pino, decidió no esbozar una palabra más durante todo el encuentro, así fue que el entrenador en el segundo tiempo, por lo que se veía en el campo, había dado la orden a Pérez de retrasar su posición en el momento en que el equipo atacaba, con el fin de que los laterales se despegaran de la línea defensiva y se pudieran romper los flancos por los costados. Un frío día de invierno, el señor Fulgencio Gracia, técnico del primer equipo del Deportivo Sastre, observó que por enésima vez, el niño estaba sentado en aquella solitaria y desolada tribuna y con una voz ronca por las incansables órdenes que impartía con tanta efusividad gritó: - !Niño, ven aquí! Entonces Florentino se dio vuelta para ver a quien llamaba el renombrado y respetado hombre y se sorprendió al no divisar nada más que viejos escalones doblados a su alrededor, entonces comprendió que lo llamaban a él y dio un salto para precipitarse sin dudarlo al terreno de juego, donde los hombres entrenaban. - ¿Cómo te llamas? Inquirió el hombre. - Florentino Lorenzo Varela, señor. - ¿cuántos años tienes? - Ocho, aunque cumpliré nueve el 27 de octubre. - ¿Te gusta el fútbol, Florentino? - Creo que es el juego más fantástico y maravilloso que ha podido inventar el hombre, señor; es la expresión misma de la desdicha y la dicha, la desazón y la esperanza, donde el ser humano muestra todas sus virtudes y carencias y donde los hombres descubren un sentido del deber y la amistad incomparables... El señor Fulgencio llevaba en el mundo del fútbol desde que tenía uso de razón, tanto como jugador y como entrenador se había visto envuelto en situaciones tan desconcertantes como imprevistas, de las cuales siempre salía airoso por su extrema dureza de carácter y su intachable sentido del honor y la lealtad, cosa que en este ambiente siempre fue difícil de encontrar, aunque jamás en su larga carrera se había encontrado en aquella situación de desconcierto ante la respuesta de aquel pequeño amante del fútbol. Entonces la charla continuó y el entrenador dijo: - ¿Te gusta ver los entrenamientos? - Sí, señor, me gusta aprender para cuando sea jugador y posteriormente entrenador, sea como el ídolo de mi padre y ahora el mío. - Y... ¿quién es tu ídolo? - Juan Carlos Lorenzo, señor. ¿lo conoce? - ¡¿Que si lo conozco?! Es uno de los mejores entrenadores del fútbol moderno y además... El entrenador quería decirle que conocía a aquel hombre desde la infancia y que aún eran grandes amigos. El niño interrumpió entonces: - Es mi ídolo, técnico de Boca y me llamo de segundo nombre Lorenzo por el aprecio que mi padre tenía hacia él. - ¿Tenía? - Si... es que nos dejó hace un tiempo y ahora, entre mis hermanos y mi madre intentamos salir adelante como podemos, pero ya le he dicho a mi querida madre, que no se preocupe por mucho tiempo, ya que cuando yo entre en el mundo del fútbol, todo se va a solucionar. Entonces el hombre miró al pequeño con una inevitable tristeza mezclada con ternura y con una suave caricia en sus cabellos rubios lo felicitó por su valentía y convicción para salir adelante y le preguntó: - ¿Puedo hacerte una última pregunta? - Si, las que quiera - ¿Por qué siempre te sientas en el mismo lugar de la cancha? - Allí es donde mi querido padre se sentaba cada vez que veníamos a ver al Deportivo y jamás perdimos un partido mientras él pudo estar sentado aquí, entonces este es mi lugar en esta hermosa cancha y lo será por siempre, mientras sea hincha. A la semana siguiente, como todos los días el niño estaba entrando en el club para tomar su lugar de hincha en el quinto escalón cuando, para su sorpresa, divisó que en el lugar donde debía sentarse, alguien se había olvidado un par de botines, entonces corrió apresurado para ver de qué jugador del primer equipo eran, ya que los conocía a todos y cada uno de sus habituales calzados, pero se sorprendió al ver que la talla era demasiado pequeña; entonces una voz ronca resonó desde lo alto de la tribuna: - ¿Qué te parecen? Cuando el niño se giró hacia la voz, que le sonaba conocida, vio al entrenador Fulgencio que, sentado en el último escalón de la tribuna se ponía de pié y venía a su encuentro. - ¿Te gustan? - Son la cosa más bonita que he visto, después de una pelota de fútbol, claro. El entrenador esbozo una tierna sonrisa: - Son para tí - Pero... yo no tengo donde usarlas, piense que el parque jugamos todos descalzos, pisaría a mis amigos y los lastimaría... - Desde esta misma semana empiezas a entrenar en el club, así que, tendrás que tener unos buenos botines, para ser un gran jugador, a partir de mañana a las seis. Entonces los ojos del pequeño Florentino se iluminaron de un resplandor que encandilaba las estrellas y una bella lágrima le rodó por su mejilla al tiempo que decía: - Pensar que mi padre siempre quiso comprarme unos botines y se fue sin poder hacerlo, pero ahora usted ha cumplido mi sueño y el de mi padre; muchas gracias señor, no sabría como agradecerle lo que hace por mí. - A parte, tengo otra noticia para darte Florentino, si quieres, a partir de hoy mismo, puedes ser mi ayudante durante todos los entrenamientos, a los que puedas venir, siempre y cuando hagas las tareas de la casa, y cada domingo entrarás al campo con el equipo y te sentarás en el banco de suplentes para acompañarnos. Entonces Florentino rompió a llorar de la emoción y la alegría y sin pensárselo dio un salto y abrazó a aquel hombre al que le dio el beso más tierno y cariñoso, así completó su primer entrenamiento como asistente del entrenador del primer equipo. Unos días más tarde, cuando llegaba al campo de entrenamiento con su habitual tranco de niño, pateando cada cosa que se le cruzaba por la calle y silbando canciones de tribuna, entró al campo y vio que el entrenador estaba junto a un hombre de pelo corto peinado hacia atrás a la gomina y se acercó. Cuando el entrenador lo vio venir fue al encuentro del niño y le dijo: - ¡Hola Florentino!, vamos que quiero presentarte a un amigo. - ¿No irá a cambiarme como ayudante? Espetó el niño con evidente asombro. - No, es simplemente un amigo que quiere conocerte, ven. Florentino Lorenzo Varela, te presento a un amigo, Juan Carlos Lorenzo. Es un placer conocerte Florentino dijo el hombre, ante la mirada inundada de lágrimas del pequeño.
UN BALÓN, UN HERMANO, UNA VIDA.
Salió de su casa esa mañana, como tantas otras en su corta vida, pero tenía un leve y confuso presentimiento; tomó la dirección de siempre que lo llevaba al frío colegio donde desvanecía de aburrimiento hasta el mediodía; el sol tenue de la radiante aurora quería imponer su brillantez en aquel horizonte lejano.
Yedid, era un niño pacífico y tranquilo; sus padres, que lo tuvieron a una avanzada edad, habían fallecido en un accidente hacía unos años y él vivía con sus abuelos, los padres de su padre.
El abuelo solía inculcarle siempre la forma más sana y sencilla de vivir, “ayuda a los demás, siempre, sea quien sea el que necesite tu ayuda, así te ganarás el respeto del mundo entero, pero sobre todo, de ti mismo”.
Ahora ya con nueve años, el niño sabía exactamente el significado de la palabra ayuda y siempre que podía, tomaba de la mano a algún ciego al cruzar la calle o acompañaba a alguna vecina hasta el mercado para prestarle su incondicional ayuda.
Esta mañana, pensó Yedid, será distinta y se dijo a sí mismo:
- el sol está saliendo y me observa tímido como queriendo decirme algo...
A cuatro cuadras de su inevitable destino matinal tuvo la confirmación de que esa mañana sería distinta. Allí junto a una casa derruida y humeante, se hallaba con su triste rostro y la mirada perdida y sollozante, un niño que repetía los nombres de muchas personas; Yedid sintió entonces que aquella sensación a la salida de su casa era ahora una realidad y se acerco sin dudarlo un instante; entonces tímidamente dijo:
- ¿Te puedo ayudar? ¿Quieres un poco de agua o mi almuerzo…? , toma, come esta manzana que mal no te hará.
-Gracias -le dijo el niño entre sollozos- es que esta mañana la vida ha cambiado para mí. - Pero… ¿Qué ha pasado tan grave para que no quieras beber o comer y llores así?
- Esta noche algo ha hecho explosión en mi casa y toda mi familia estaba allí, yo me retrasé, pues estaba jugando al fútbol con unos niños y cuando llegué… ¿explícame que hago ahora?, mi madre, mi padre, mis hermanos, todos estaban en casa.
- ¿Cómo te llamas?
- Me llamo Ayman, que en árabe significa…
- … Afortunado Contestó Yedid
- Si.
- Pues siento muchísimo lo que te ha pasado Ayman, lo que has perdido; ven conmigo a casa así descansaras aunque sea un instante.
Ayman y Yedid pasaron todo el verano juntos, lo único que el niño árabe había rescatado de su casa, era la pelota de fútbol que su padre, con mucho esfuerzo, había comprado para él cuando tenía seis años y ahora con nueve y toda su familia desaparecida; había aprendido a vivir junto a Yedid y los suyos, que lo integraron en la familia como a uno más, aunque los abuelos de Yedid, sabían que pronto debería marcharse.
Durante todo el verano jugaron al fútbol en la calle, ante el enojo de los vecinos por sus plantas rotas y la alegría de sus amigos, que los acompañaban en sus memorables partidos de la calle del barrio. Llegó el momento de la despedida, que, lógicamente fue muy triste. Yedid nunca aceptó que sus abuelos dejaran marchar a “ima”, como solamente él lo llamaba, aunque los ancianos se esforzaban en que el niño entendiese la situación.
Yedid ya era un adolescente y se había convertido en el mejor jugador juvenil de Israel; una tarde le confirmaron que luego del entreno, se presentara en las oficinas del club. Allí le informaron que debía asistir a la concentración de la selección mayor israelí, para jugar un encuentro amistoso con el fin de recaudar fondos para un campo de refugiados y por la paz en el mundo, lo que causó en aquel joven defensor acérrimo de la paz, una inmensa satisfacción; además iba a debutar con la selección mayor, había alcanzado su gran sueño. El partido se jugaría ante un combinado de los países Árabes y sería, pensó Yedid, la mejor oportunidad para que el mundo comprendiese que el fútbol y el deporte en general, están por encima de las confrontaciones y las hostilidades entre personas. Las opiniones sobre el partido eran dispares y la expectación enorme, para Yedid esta sería la gran oportunidad de mostrarle al mundo lo que “su” deporte podía hacer por él. Antes del comienzo del encuentro se registraron algunos incidentes sin mayores repercusiones. Los jugadores de ambos equipos querían ganar el partido, por ello se tornó disputado y aguerrido, pero nunca mal intencionado, pasaban los minutos y estaban 1 a 1, el gol del equipo israelí lo había convertido Yedid. De repente, desde la grada, salta un aficionado al campo con una bandera flameando al viento y todo el estadio con sus 90.000 espectadores y sus 22 jugadores, entre ellos Yedid, se quedan atónitos ante aquel muchacho que corría con su bandera flameando al viento esplendorosa; el joven se dirigió directamente hasta la posición de Yedid y le entregó su bandera; cuando este pudo terminar de leerla los agentes de seguridad ya habían reducido al espontaneo y se lo llevaban camino de los vestuarios, en ese momento fue cuando el estadio enmudeció por completo; Yedid había leído la bandera y ahora la mostraba a todo el estadio y al mundo: “ un balón, un hermano, una vida; gracias Yedid hermano mío” y la firma: “Ima”; entonces el joven israelí corrió hasta aquel desconocido para todos menos para él y los dos muchachos se fundieron en un eterno y afectuoso abrazo; hubo un momento de silencio absoluto en el que se llegó a escuchar el desconsolado llanto de los dos jóvenes en el centro del campo y de repente el estadio comenzó a gritar jubilosamente y todos los asistentes aplaudieron hasta que sus manos no pudieron más. Esta es la historia de dos niños que pudieron cambiar a millones de personas… ¿si es verdadera o no?, decídelo tú.
ENTRE AMIGOS SE JUEGA MEJOR.
Habíamos salido vivos de San Antonio gracias a las estratosféricas salvadas de Jacinto “gorrión” Garrido, extraordinario personaje de las porterías del barrio; primero porque era portero del colegio nacional y lo conocía todo el mundo y segundo... segundo, porque mal que le pese a los desafortunados y envidiosos rivales, era nuestro arquero.
Fuimos a jugar con el San Antonio con dos menos porque habían echado al “pepe” y a Sosa en el partido anterior y nos jugábamos el ascenso, si perdíamos se acababa todo. Pero para sorpresa nuestra, del rival, de los hinchas y del supremo, apareció por fin lo que esperamos durante varias temporadas... un partido sublime del gorrión; ¡ah, no sabes, se atajó todo ese día!; desde que empezó el partido daba órdenes y vociferaba como un león enfurecido con gritos salvajes, dirigiéndonos los relevos y organizando la zona defensiva; ¡qué partido del gorrión!; gracias a él estamos hoy donde estamos, bueno... a él y al partido contra el Fleming, ¡qué equipazo el Fleming y qué partido del enano!; pensar que todo fue por lo de la ida, es que se burlaron tanto, que el enano se tuvo que enojar nomás y eso que él era un tipazo, de esos que cuando te veía en una fea se ponía en tu lugar y siempre te tiraba la mano para salvarte.
No va, que los del Fleming se vienen a jugar el campeonato con nosotros en la última fecha, ¡sí!, los del Fleming, los que nos habían defenestrado en el partido de la primera vuelta en su barrio y ahora... mirá vos... en qué situación el caprichoso e irrefutable mensaje del destino nos había hecho este majestuoso e irrepetible favor, en pos de perpetrar la venganza y salvar un pedazo de historia que el barrio se merecía como nunca; siempre fuimos los últimos en la ciudad, nunca habíamos ganado nada (salvo cuando éramos nenes) y en el barrio, la gente se estaba acostumbrando a ver 11 “perros” encerrados en un alambrado, con el fin de perseguir a sus presas a las que nunca daban caza; para que, aunque sea, no les metan seis o siete como en los últimos años... y ahí estábamos nosotros... los once amigos de toda la vida, los que veníamos jugando desde que teníamos cinco años. Cuando el padre de Jorge decidió que la junta debía ser un equipo, para darle forma a esos partidazos que se armaban en el patio de mi casa.
Ahora los del Fleming venían al barrio y se jugaban el campeonato, estábamos a tres puntos de ellos y a dos del segundo, los dos primeros ascendían y nos la jugábamos todos. Ellos si perdían por más de un gol quedaban casi afuera porque los del San Antonio jugaban en casa contra el último, pero nosotros... nosotros nos jugábamos más que un simple ascenso de categoría, nos jugábamos la historia, la simple y llana posibilidad de confirmarle al mundo, escabroso y solamente movilizado por meros intereses económicos, que si se juega entre amigos, se juega mejor; que un equipo se hace de hombres no de nombres, que cuando el que te la pide en el área de un fabuloso campo de fútbol con casi treinta años, es aquel mismo niño que cuando teníamos cinco, se paró detrás del arco y con voz trémula y las zapatillas gastadas en la suela nos preguntó: "¿puedo jugar?". Así es diferente, la vida te pone en estas situaciones para que intentes comprender que de esto está hecho el universo; que en las simples cosas está lo verdadero, lo esencial y perpetuo.
Sabíamos que no era fácil, que ese partido marcaría nuestras vidas y en el vestuario nadie se atrevía a subir el mentón; incómodos ante una posibilidad tan majestuosa e histórica; decidí levantarme y tomar la palabra...
"Muchachos... les voy a confesar (la voz se me entrecorto porque no estaba acostumbrado a estas situaciones tensas), que desde que me tiré en la cama anoche, no pude cerrar un ojo hasta muy entrada la madrugada. Mi cabeza no para de pensar en la magnífica situación en la que estamos, todos queríamos esto, todos sabemos que este barrio es nuestra vida y este club, que nació con nosotros, siempre estuvo imposibilitado de llegar a esta situación. Ahora, acá parado delante de ustedes, debo decirles que desde que los conozco, eso significa desde que tengo uso de razón, hemos pasado situaciones tan o más complicadas que esta; hemos estado al borde del desastre cuando el Fiat 600 de don Jorge, que nos llevaba a los once al torneo del club Belgrano, empezó a echar humo por el capó y se empezó a prender fuego... y después del incidente salimos a la cancha y les hicimos 5 a los contrarios, para salir campeones por primera vez con sólo 6 años; o el día que Fabio jugando contra el Sporting se quedó inconsciente en el suelo y cuando se levantó empezó a correr desenfrenadamente y con semblante de crack... (a Fabio se le escapó una mueca de su tensa cara), el problema era que corría para el arco nuestro y sin dudarlo; sacó un pelotazo que el “gorrión” tuvo que esforzarse como un halcón para sacar del ángulo. Después, sin un solo gesto más se desplomó y acabó internado en observación; o el domingo que el laucha decidió por primera vez subir a cabecear un centro y la clavó en el ángulo para clasificarnos a la final del fútbol playa; o la noche que nació el hijo de Jorgito, ¿se acuerdan?, que nos encontramos todos en el hospital y llorábamos de alegría. Como si todos fuéramos el padre y nuestras novias y mujeres con la baba colgando, viéndonos melancólicos como niños...
Este no es un día más, es el día en que este precioso deporte ha elegido para demostrarnos definitivamente que somos una gran familia, que dejamos de ser unos niños que rompíamos ventanas en el barrio y pasamos a ser hombres que demostramos, estando juntos todos estos años, que cuando se juega entre amigos, no hace falta ser el mejor jugador del mundo, no hace falta tener interés en salir campeón. Me atrevo a decir que ni siquiera hace falta preocuparse por querer ganar... porque somos tan felices adentro cuando nos la pedimos y pasamos entre nosotros... que inevitablemente logramos lo que nos proponemos, es la fuerza del grupo, la ola que provocan los sentimientos, lo que todos estos años han forjado en nuestros corazones, el placer de ver que estás con tus hermanos, tus amigos, tu pasado y tus mejores recuerdos jugando al deporte más bonito que se ha podido inventar. Díganme ahora, si tienen ganas de salir a jugar; y no les hablo de ganar; sólo díganme si quieren compartir este mágico momento conmigo, porque si yo tuviera que elegir las personas con las que compartir esta fantástica oportunidad, sería con ustedes indudablemente; lo único que les pido es que me acompañen con la frente bien alta y que cuando lleguemos a centro de la cancha, hagamos un círculo y nos detengamos unos segundos en rememorar todos los magistrales momentos que vivimos juntos. Después, que cada uno se deje llevar por lo que esta situación le provoque...”
Salimos a la cancha y ganamos aquel partido con las complicaciones lógicas de la situación... el enano, que hizo dos goles, tuvo su esperada “venganza” y todos, al terminar el partido, nos dimos cuenta que desde aquel impensado y repentino discurso y posterior abrazo en el centro de la cancha, una sensación de orgullo nos invadió y se apoderó de nuestras habilidades deportivas para transformarlas en eternas habilidades humanas, inspiradas en una extraordinaria e inalterable fuerza que perdura por sobre todas las cosas, y que sin darnos cuenta la habíamos llevado dentro de nuestros corazones durante todos aquellos años. Comprendimos el simple y extraordinario sentido del valor de la palabra que mejor equipos hace en el mundo: amistad.
LA LEYENDA DEL GIGANTE.
Los dos hombres pasaban las tardes de regreso a casa disfrutando del asombroso objeto, hasta que una tarde, se encontraron imprevistamente con dos indígenas de la banda enemiga; estos, al observar la situación, intimidaron a Tleyotl y su inseparable amigo a entregar aquel raro y asombroso objeto; ante la tajante negativa de Tleyotl los forasteros se apostaron en posición de ataque, con el único fin de arrebatar a los enemigos aquel preciado cuerpo; entonces Tleyotl e Itzmín (trueno en su idioma) instintivamente deslizaron sus manos hacia sus respectivas cinturas y, al darse cuenta a la vez que no llevaban sus armas, se observaron atónitos y clavaron sus guerreros ojos en sus enemigos, entonces al ver que sus contrincantes tampoco habían sido lo suficientemente precavidos como ellos, volvieron a mirarse y decidieron dejar caer el objeto al suelo...
Sus oponentes, ante tal desconcertante situación y sin reprimir una gota de su intuición, se lanzaron hacia el preciado tesoro, fue entonces que sucedió... Tleyotl dejó que la planta de su pie izquierdo se posara sobre el objeto y con un movimiento seco y sutil, ante el avance despiadado, dejó a sus rivales con sus manos ancladas en el suelo, como si quisieran certificar ante los dioses el ferviente deseo de poseer aquel objeto... ante la sorpresa de los rivales, Itzmín se posicionó frente a su inseparable amigo y le gritó para que pateara el objeto como lo hacía aquellas hermosas tardes, en las que los muchachos se divertían tanto; Tleyotl lanzó el objeto ante la perplejidad de los encendidos enemigos y con un ademán curioso Itzmín dejo que el objeto se posara en su pecho y se deslizara por su abdomen, hasta que al llegar a su pie izquierdo y sin que toque el suelo, lo mantuvo un par de segundos, los que le permitieron apreciar la desesperada reacción de los humillados jóvenes contrarios, que corrían hacia él con afán de arrebatarle aquella preciosidad que mantenía casi pegada a su pié; al estar su rivales a unos metros de distancia, vio que su amigo se había cambiado ya de posición y con un ademán, le pedía que se lo pasara, sin dudarlo elevó el objeto con el pie que lo sostenía y al ver que este se elevaba se lanzó hacia el cielo, con su cuerpo en paralelo a la madre tierra dejó que sus dos piernas diesen un rápido y vertiginoso danzar hasta impactar el objeto y lanzarlo hacia la posición de su amigo... esta situación se sucedió durante toda aquella cálida tarde de verano, hasta que al final, los jóvenes guerreros ante la imagen de sus enemigos exhaustos y derrotados, decidieron entablar con estos una especie de , en el que aquel enorme arco que formaban los voluptuosos árboles sería la esencia de la victoria o la derrota... y el preciado objeto circular constituiría la máxima expresión de los encuentros que se sucederían durante muchas tardes, bajo un estricto secreto, cuando el objeto impulsado por uno de los dos jugadores de uno de los equipos traspasase la línea del arco, provocaría tal situación, que los dioses enloquecerían de placer y estallarían en gritos y vítores hacia el afortunado que lograra tal proeza y lo aclamarían y elevarían a sus reinos...
Pasado el tiempo...
...Cuenta la leyenda que en el mismo lugar en donde nuestros guerreros forjaron aquel extraordinario juego, una maravillosa tarde de verano unos seis siglos después, en uno de los mayores templos de la historia de la humanidad, comenzaba unos de los más emblemáticos y legendarios partidos del deporte más fantástico que jamás se haya inventado...
En aquel templo se encontraron 22 guerreros, con el fin de conservar aquel preciado objeto e introducirlo que el famoso arco; lo lograron, al punto de que para unos, que esa tarde vestían de azul y se llamaban Italia fueron 3 y para los otros que esa tarde vestían de blanco y se llamaban Alemania fueron 4, pasó a la historia como el mejor partido jamás visto en lo que se daba a conocer desde hacía mucho tiempo atrás: Copa del mundo; ya no había ni nombres ni guerreros Aztecas, había nombres diversos como: Müller, Gerson, Jairzinho, Carlos Alberto, Beckenbauer, Facchetti, Cubilla, pero la caprichosa historia quería constar que en este majestuoso templo se forjaran más leyendas... ese mismo verano y ante la atónita mirada del mundo entero... un joven afro que jugaba con casaca verdeamarela deslumbraba al universo, más aún de lo que lo había hecho y se erigía como la mayor estrella que jamás haya visto este deporte, se llamaba Edson Arantes Do Nacimento (Pelé)... entonces el gigante descansó de tantos dioses y truenos y leyendas... hasta que veinte años después, varias divinidades decidieron que era el momento de presentarse en el famoso templo y estremecer al mundo nuevamente, pero esta vez con nombres diferentes, aunque el mismo objetivo de satisfacer el ferviente deseo del delicado objeto de entrar en aquel arco empeñado en coartar la creatividad de las divinidades...
El gigante despertó entonces de su letargo y lo hizo bajo el mismo sofocante cielo del que veinte años atrás los dioses se jactaron de perpetrar a la inmortalidad, entonces dejó que sus legendarias hierbas, con una emblemática sombra con forma de dios sol en el centro, sedientas de leyendas y batallas ancestrales, dieran paso a nombres como: Platini, Rumenigue, Francescoli, Altobelli, Hugo Sanchez, Sócrates, Laudrup, Völler, Lineker y de repente surgió de entre las profundidades de la genialidad, una figura que encumbraría al objeto hacia lo más alto e infundiría hacia él tal veneración y complicidad, que todos los que lo observaban quedaran boquiabiertos ante cualquier movimiento que éste y su inseparable objeto pegado a su pie realizaba... Era pequeñito, de hecho los dioses habrán creído que ni siquiera sería un guerrero, pero enfrentaba a sus rivales como si su superioridad estuviese dictada por algo ancestral y divino... entonces el gigante, decidió que era hora de mostrarle al mundo que ese majestuoso templo, había sido el sitio donde se forjó la leyenda de este magistral deporte varios siglos antes, entonces una de esas tardes, ante la perplejidad del universo e impulsado por una fuerza sólo vista en una final hacía ya 26 años; nuestro joven guerrero con un impresionante salto, como lo había hecho aquel afro en aquella fina, se elevó al firmamento e introdujo el objeto dentro del arco, pero el dios del fútbol sabía que aquello no había estado bien, a pesar de su seguridad de que aquella mano no pertenecía al guerrero sino a algo ancestral; entonces decidió otorgarle a nuestro hombre la oportunidad de demostrar al mundo que tenía un lugar reservado entre las divinidades; fue entonces que nuestro guerrero decidió que aquel templo del fútbol, llamado por los hombres Estadio Azteca, sería el escenario de la mayor expresión artística y deportiva de todos los tiempos... entonces al recibir el balón de un tal Enrique y después de un movimiento propio de la danza por encima del mismo, decidió pasar debajo de aquella sombra que se tatuaba cual una estrella perpetua en el centro del campo... y creo que todos sabemos lo que sucedió después, fue entonces cuando el gigante, enorme sublime y majestuoso estadio, pasó a ser uno de los mayores templos que haya conocido el ser humano...
El gigante duerme... a la espera de que alguna divinidad pose sobre él sus pies, con el fin de elevarlo a las alturas, donde sólo unos pocos elegidos tienen un lugar reservado para ellos.
EL DÍA QUE ME RECIBÍ DE HINCHA.
El día amaneció raro, lluvioso; como presagiando la tragedia deportiva venidera, como si el diós del sol se conjurara para amargarle la fiesta a los mas de seis mil que íbamos a estar esa tarde ante la mirada atónita de la historia futbolera de la región, ante la serena y altiva resurrección del balompié de nuestra amada Concepción, ante la fulgurante y extraordinaria sensación de que nosotros, los seis mil que íbamos a ir esa tarde podríamos con los dos mil que venían de allá, de la urbe, de donde diós atiende a pesar de que este en todos lados
y sabíamos que los que venían eran experimentados personajes acostumbrados a la amargura corrosiva de la derrota y a la fortificadora sensación de la victoria, pero en cambio nosotros, nosotros necesitábamos esto como el agua, hacía 7 años que no rascábamos nada desde el enorme equipo de Atlético Uruguay jugó el nacional, nosotros veníamos cabizbajos y sedientos vagando por el desierto de las frustraciones futboleras, nosotros éramos todos, éramos el quiosquero, éramos el diariero que la mañana de ese domingo nos había despertado con los gritos mas resonantes y eufóricos que otros tantos, éramos Rodríguez y Espiro en lt11 (la radio de la ciudad) queriendo relatarnos lo que esperábamos, éramos los 50.000 de la ciudad y muchas más de los pueblos aledaños detrás de una ilusión y una esperanza, no había equipo ni de uno ni de otro, porque yo ni siquiera era del Lobo, yo era soy y seré de Almagro, del taita del América, pero esto era diferente, esto no era un club, era una ciudad y muchas más porque sé de gente que se venía desde muy lejos para verlo y no solo este partido, se venían todos los domingos para ver al Noni Alba tirar los tiros libres, a Carlitos Valente señorial de la zaga mandando y controlando a cada paso, al nono Díaz que tenía mas huevos que el gallinero de mi abuela; perdón del exabrupto, pero es que me pongo a recordar y se detiene el tiempo en esos mágicos domingos del Boulevard Irigoyen de camino a la cancha, después de comer los ravioles caseros o un asado y ante la soledad y la rectitud infinita y perpetua de la nombrada avenida marchaba cual soldado a una guerra de alambrado e insultos insipientes al juez de línea que tocaba aquella tarde; con el girasol en una mano, una mandarina en la otra y por supuesto infaltable, mi radio y mis auriculares para escuchar la previa del partido; perdón que me valla por las ramas, ¿ donde estaba?... ah ya sé ahora me acuerdo del enorme Jorge Herrera, arquero más respetado de toda la provincia, de Manzanita Almirón dueño de la banda izquierda, del gran Aldo Rolaiser... perdonen que me explaye y divague ante la anarquía que ofrecen mis dedos al teclado, es que esa tarde...
Ahora me acuerdo de la formación: Jorge Herrera; Carlos Valente, Ángel C. Rojas, el “pichi” Lorusso y Manzanita Almirón; Aldo Rolaiser, “pocho” Sánchez, el “nono” Díaz y el “noni” Alba; Claudio Gutiérrez y Fabio Bujón; esos eran los once, que por lo menos me acuerdo; disculpas eternas a los demás que formaron parte del batallón, pero mi precocidad y mi anhelo de recuerdo limitan la fortaleza mental para rememorar tantos apellidos ilustres y merecedores de tamaña distinción.
Y muchos podrán decirme ahora, y ! pero... si Atlético (eterno rival de Gimnasia y primer equipo de la ciudad que había jugado un nacional y nada menos que contra River, Huracán, etc.) había hecho lo mismo, inclusive algo un pelín superior; ya lo sé, ya lo sé; y no por quitarle protagonismo a semejante hazaña y tamaña proeza mesopotámica, este hecho, este acto, este camino trazado desde hacía miles de momentos y de tardes de sol con las pipas del girasol atragantadas en la garganta, no mancharían aquella intachable trayectoria de los Velazquez, Carlitos Jiménez, Mario Artusi, Mario Wurtz; etc.; pero entienda querido lector, que yo en el 83, cuando pasó lo del nacional era un niño de 6 años incapaz de recorrer a solas la distancia que separaba el estadio Simon Luciano Plazaola de mi humilde casa, que si lo pensamos bien no era muy distinta que la que recorría para ver a este mágico equipo del 91; con la insalvable diferencia que, cuando uno tiene 12 años y ama el fútbol por sobre todas las cosas, excepción irrefutable del amor a la familia de por medio; decía que con 12 años uno era, en un país como el nuestro y en aquella época, lo suficientemente independiente para decidir salir un domingo de su casa a las dos de la tarde y volver a las ocho de la noche con la garganta rasposa y el corazón encogido, los ojos repletos de várices que denotan la tristeza profunda de la derrota o la exaltación eterna, extrema y absoluta de la victoria; a esa edad uno comenzaba a nadar en el extenso facultativo que todo argentino debe superar cuando comienza o forjar su adolescente sentido del deporte rey; comenzaba a ser técnico; si, me escucha bien querido lector y usted lo sabe mejor que yo, porque a usted le pasó lo mismo, puede que haya sido más tarde o mas temprano, pero usted también paso por aquellos exámenes que requerían memorizaciones de alineaciones propias y ajenas (las mas difíciles); aquellos movimientos delicados de comprender y mas aún de plasmar en un papel cualquiera que encontrásemos, cuando el miércoles o jueves abríamos el diario y nos ponían el equipo confirmado del venidero domingo; pero la pucha... otra vez estoy divagando...
La tarde estaba fría, 26 de mayo de 1991, final del campeonato regional ¿saben quién había sido el árbitro del partido de ida?... El Sheriff Castrilli, si señor, empatamos 1 a 1, lo tuve que escuchar por la radio porque fue difícil que mis viejos, que respetaban mis deseos de asistir a los partidos de local, me dejaran viajar a Buenos Aires para ver el partido de la ida... había sido una semana antes y lo teníamos todo para ser campeones, para dar la vuelta, para ascender al Nacional B y tener derecho a jugar un dodecagonal por un ascenso a primera división, ¿se imaginan?, que fiesta montamos, mamita; como estaba el Boulevard Irigoyen, a las 11 de la mañana, cuando llegamos a la cola, y digo llegamos porque ese día no fui solo y aquí radica gran parte de mi emotivo relato; había como cuatro cuadras de gente, se vendían banderas, gorritos, paraguas(estaba lloviendo); la gente pasaba con los autos y gritaba alentando a un equipo del que seguramente ni siquiera eran hinchas; quizá fueran de Parque Sur, de Rivadavia, de San Martín de Herrera, de defensores de Colón, pero en realidad eran ellos, los hinchas de todos los equipos, lo iguales a mí; estando en la cola miré al cielo y me dije, pero si yo soy como ellos, yo soy de Almagro y acá estoy, como si viera mis colores reflejados en esa camiseta, es ese emblema regional e histórico en el que se había convertido, en esa ilusión monumental alimentada por la masa necesitada de logros ajenos para fortalecer el alma repleta de derrotas propias y llenar el corazón del sabor de la victoria que, a esta altura de la circunstancias, era propia; jugábamos todos, los once que les nombre, los suplentes, nosotros los hinchas, el diariero de la mañana temprano, el quiosquero... todos estábamos tirando del carro alentador y esperanzador hacia el final del camino donde nos esperaba la gloria mas fulgurante y absoluta, la de sentirnos parte de un todo que hablaba de fútbol, de un país que lame sus heridas sociales con la lengua de este sensacional deporte, que digiere sus diferencias culturales y las expulsa a la tribuna popular de la igualdad, porque los que estarían en la platea y los que íbamos a estar en la popular, queríamos exactamente lo mismo, nos disgustaba exactamente lo mismo y lo mejor de todo, luchábamos todos por lo mismo... aquellas sensaciones hacían de esto algo místico, yo sé que el fútbol siempre fue así, pero esto tenía algo diferente...
El partido creo que comenzó a las tres de la tarde, frío y lluvioso día de mayo, no me voy a explayar mucho en su desarrollo ni en detalles insulsos que denotarían y delatarían mi precocidad e inmadurez técnica de aquel momento; usted señor, señora que estuvieron ahí se acordaran, pero para el lector que no lo sepa, el partido termino, en los 90 minutos, 1 a 1, ¡por diós! Que manera de sufrir y en un momento lo veo a Aldo Rolaiser que se agacha y en un gesto de guerrero herido y maltrecho, pone sus dos palmas de las manos apoyadas en cada una de sus rodillas y me di cuenta que la cosa iba a ser apocalíptica, si este tipo que jugaba de cinco y se los comía vivos a todos estaba así..., claro yo tenía doce años, en el campito jugábamos tres horas seguidas y nos íbamos porque se acababa la luz o porque estábamos locos del hambre que no dábamos más, pero que él después de 90 minutos en cancha llena de barro y lloviendo, el la final de un torneo regional dejara caer sus rulos desde su inclinada cabellera me alarmó.
Quedaban 30 minutos, recuerdo como gritaba la gente, nunca los había visto tan unidos y con tanta sed de victoria, como si el agua que había caído desde las primeras horas de la mañana no fuese suficiente para calmarlos, sedientos seguían alentando como el primer momento de las once de la mañana en la cola para entrar.
Terminaron los 120 y había que ir a penales...
Si no recuerdo mal, fuimos a patearlos a donde estaban ellos, vos sabes que en ese momento sentí una sensación rara, mire hacia el cerrado y tenebroso cielo que se abalanzaba sobre el campo como un infierno sombrío y me dije a mi mismo, esto me huele mal... y como un martillazo sublime y perpetuo, doloroso y ardiente, el destino quiso que ellos ganaran 3 a 1 en los penales, el cielo se salió con la suya, la historia machacó sin piedad los anhelos de seis mil que no habíamos parado de alentar, de muchos miles que lo escuchaban por la radio y yo con 12 años no entendía porqué carajo después de tantos domingos de sol a las cuatro de la tarde volviendo por el Boulevard Irigoyen con la garganta rasposa de gritar la canción de la victoria, hoy, justo hoy, tenía que volver a casa con las várices rojas de las lágrimas de la derrota, con el corazón en el puño de la desazón, justo hoy que yo había hecho un trato con la historia, que me iba a recibir para siempre de hincha, que me pondría la camiseta de la hombría gloriosa y recordaría después de 20 años que estuve aquel 26 de mayo del 91; cuando me doy vuelta veo que mi hermano, el verdadero hincha, el que sentía los colores de la camiseta, el que había jugado toda su vida en Gimnasia y Esgrima de Concepción del Uruguay, sonreía tímidamente como queriendo evitar la inevitable catarata de tristeza que pretendía brotar de sus pupilas, en un acto irreprochable de gratitud y respeto a aquellos once y sobre todo a aquellos seis mil que estábamos allí, comenzó a aplaudir hasta que las palmas de las manos se le quedaron rojas y todo el estadio se fundió en un eterno y perpetuo aplauso hacia aquellos hombres, que a pesar de la derrota, derrochaban orgullo y fortaleza e indicaban el camino que había que seguir para llegar al inevitable destino que a la postre le esperaba al fútbol de nuestra, hasta ese momento, olvidada ciudad; entonces una pequeña y sigilosa lágrima me empezó a escapar sin querer y bajaba lentamente por la mejilla izquierda hasta que inevitablemente dio sin más con la parte superior de mis labios, entonces comprendí que ya no era la lágrima del sabor de la derrota, era la lágrima de la felicidad de la victoria y entendí con tan sólo doce años que en el fútbol como en la vida no hay que ganar para ser campeón, que se puede ser campeón como estos tipos, que se puede ser campeón como estos seis mil que estaban en la cancha, como esos que estaban en sus casas escuchando la radio y la vuelta a casa fue llorando, pero por la felicidad de lo que mi amado deporte me había enseñado con tan sólo doce años.
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